miércoles, 22 de febrero de 2012

Childhood friendship



Recordemos unos pocos años antes de nuestro día. Bueno, supongamos que tenemos cinco años por un momento.
¿Qué pasa? Ahora todo es más grande, ¿verdad?
Vayamos hacia el lavabo, apenas puedes verte la cima de la cabeza frente al espejo. ¿Dónde está aquel taburete? No recuerdo bien dónde lo dejé, solo consigo que lleguen unas pocas imágenes a mi cabeza. Era naranja, con puntos morados... y la última vez que lo vi, estaba en un cajón del armario.
Dirijámonos hacia ese armario. Abramos la puerta y cojamos ese preciado taburete. Está lleno de polvo, ¿cómo pude descuidarlo tanto? Allí olvidado en ese armario durante tantos años, con lo que me gustaba... Lo ponemos frente al espejo y ya podemos vernos la cara.
¿De verdad éramos así? Cuánta inocencia en nuestro rostro, qué mejillas tan rosadas, y esos mofletes... ¿qué me decís de esos mofletes?


Bien, se terminó el tiempo de verificar que todo nos queda grande.
Es hora de jugar, como en los viejos tiempos. Así que, salgamos a la calle. Nos dirigimos automáticamente a ese parque que está detrás de la manzana y empezamos a mirar todo con mucho detenimiento. 
Un tobogán, dos columpios, una caseta para jugar a los quioscos y aquel arenero en el que nos sentimos constructores por una vez. Sin pensarlo dos veces me meto en el arenero, ¡qué conversaciones tan agradables me ha dado!, qué compañeros de risas, de sabiduría...
Me siento en el borde del arenero con mi cubo y mi pala. Haremos un gran castillo de arena para luego destrozarlo. La receta secreta: un poco de agua en el cubo, echarlo sobre la arena y comenzar a moldear. 
Juraría que antes era más sencillo. Dispongo a volcar el cubo para que se haga la torre principal, pero todo se me cae. Siento unas ganas terribles de llorar, pero me reprimo porque otro niño se acerca a mi lado.
Me sorprendo, ¿qué hace? Ha puesto su mano sobre mi espalda y me está contando su truco para que la torre se mantenga: mucha paciencia y constancia. Vuelco otra vez el cubo y se mantiene, qué bien, todo hecho.
Me despido de él, se está haciendo tarde. Fue bonito recordar mi vida a los cinco años, pero ahora que llego a casa, es más bonito aun. 
¿Por qué? Porque recuerdo que ese niño que me ayudó a que la torre no se cayera hoy en día sigue siendo mi amigo, y esta amistad se sostiene igual que lo hace la torre del arenero.
¿La receta secreta? Paciencia y constancia. 

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